Suicidio en masa

Estaba sentado frente a su ordenador portátil, observando un correo electrónico que le había llegado en ese preciso instante en el que intentaba escribir unas palabras en un documento de texto, palabras poéticas quizá, algún pensamiento que surgió en esos momentos y que intentaba plasmar desde su teclado, intentando darle forma. Cuando de repente le llegó un correo electrónico, y al leerlo, dejó todo lo que estaba haciendo, se dirigió hacia la ventana y se lanzó al vacío.

Clara entraba en ese preciso momento al edificio. Clara, era su compañera de piso. Ella vivía con él, tanto por la amistad que les unía como por hacer el pago del alquiler del piso más llevadero, al ser compartido. Al llegar, pudo observar un gran tumulto de gente frente a la puerta de entrada del edificio, pero no quiso entrometerse ni averiguar qué había sucedido, ya que no era persona de inmiscuirse en asuntos ajenos, no era una chafardera como la gran mayoría de vecinos del barrio. En ningún momento le invadió esa curiosidad humano vecinal y entró por la puerta que siempre estaba abierta. Subió cogiendo el viejo y pequeño ascensor que parecía existir desde hacía siglos, para subir hasta el tercer piso donde vivía con Toni. Después de aguantar por unos interminables segundos el insoportable chirriar del viejo ascensor, Clara llegó a su destino, un largo y sucio pasillo que le llevaría hasta la puerta del piso. Al entrar, al tratarse de un piso infinitamente pequeño, no tardo en comprobar que en el ordenador portátil de su amigo había un correo electrónico abierto, el cual no leyó, evidentemente por respeto a la intimidad de su compañero.

A los quince minutos comenzó a sonar el teléfono. Clara, extrañada y algo confusa, ya que nunca solía llamar nadie a aquel número de teléfono, de hecho, días atrás estaban pensando anularlo debido al nulo servicio que este hacía en el habitáculo, lo cogió para ver de quien podría tratarse. Al colocar su oído en el receptor del teléfono, Clara comenzó a palidecer, era como si estuviera escuchando alguna voz procedente del mismo infierno, entonces Clara dejó caer el teléfono al suelo y se dirigió a la ventana para lanzarse también al vacío, como su compañero de piso Toni.

Mientras el cuerpo de Clara caía, un policía que ya había en la calle, junto al cuerpo, ya sin vida, de Toni, subió precipitadamente hasta el tercer piso para ver qué diantres estaba ocurriendo en ese piso. El policía al llegar a la puerta de entrada del piso de Toni y Clara, echo la puerta abajo propinándole una mortífera patada y adentrándose en el domicilio como alma que lleva al diablo. Con pistola en mano y algo acojonado, inspeccionó rincón por rincón, hasta hallar una nota extraña sobre una pequeña mesa que había en el centro del pequeño salón del apartamento. Se trataba de una nota que parecía estar manchada de sangre. El policía cogió el trazo de papel con sumarísimo cuidado y leyó lo que allí había escrito, entonces como si su cuerpo hubiera sido poseído y con la nota todavía en la mano, se tiró por la ventana.

La aglomeración de gente que había ocupado casi toda la calle, quedó atónita al ver caer otro cuerpo desde la misma ventana, fue un momento realmente angustioso para toda la gente que allí había y que no entendía que locura podía estar ocurriendo en aquel edificio. La nota voló como una pluma soplada por el viento en el preciso instante en el que el policía caía a plomo sobre el asfalto de la estrecha callejuela, no sé en qué preciso punto del barrio fue a parar aquella nota, pero lo que sí que es cierto y desconcertante, es que en los días posteriores a aquel terrible suceso, fueron ocurriendo una multitud de suicidios, uno tras otro, como si de un terrible virus se tratara, incluso, las autoridades llegaron a poner en cuarentena a toda la ciudad, pero los suicidios siguieron ocurriendo hasta rebasar los límites marcados por la cuarentena, sin dejar de expandirse más allá de la ciudad, por todo el país y por todo el mundo.

Han pasado meses desde que todo aquello comenzó, la población mundial se ha reducido drásticamente y los pocos que aún quedan viven en una anarquía total, sin normas, sin leyes y sin nadie que pueda poner un poco de orden en todo este caos. Ya nadie coge ningún teléfono o carta del buzón y todo el mundo ha desechado su teléfono móvil y su ordenador, pero yo, aún conservo una carta que llegó a mi buzón con una nota en su interior, y hoy, pase lo que pase, he decidido leerla, porque prefiero saber qué es lo que pone en esa nota a seguir viviendo toda esta locura sin sentido.

Me preparo un buen café y enciendo un buen puro habano que guardé en el cajón de mi cómoda hace ya largo tiempo atrás, justo cuando dejé de fumar. Creo que hoy, es un buen día para fumármelo, tomando un buen café corto y cremoso, antes de leer esta maldita nota. Es obvio que lo que ponga en esa nota, me convencerá de que no vale la pena pasar un segundo más en este mundo, supongo... El caso es, que deseo leerla lo antes posible.

Sin más vacilación, abro el sobre y saco la nota. Y entonces, puedo leer:

الحل ليس هنا. اقرأ الكتاب التالي.