Sobre mí

Buscando en los recuerdos de mi vida, se pueden encontrar vestigios de besos consumidos, olvidadas caricias compartidas, infinidad de atardeceres junto al mar y algún que otro resabiado saborcillo de injusticias. Es tan grande la distancia que solo puedo puntualizar esos momentos grabados a fuego en el olvido, momentos que me embargan de recuerdos.

Recordar lo que fue mi infancia me llena de emoción, revivir un momento increíble lleno de horas de juego y de tardes en la calle, y volver a oír la llamada de mi madre desde la ventana cuando ya caía la noche, reclamando ya mi encierro. Fueron los primeros momentos en los que sentí el rigor de un castigo por haber hecho algo malo, momentos en los que comprendí que todo lo que hacemos genera un efecto en otras personas o en nosotros mismos, pero que también somos perdonados por el simple hecho de ser niños.

Recuerdo ese primer sentimiento de atracción hacia otra persona, una nena muy espabilada a la que jamás olvidaré, y menos aún, aquel revolcón que tuve con ella en uno de los descansillos de la escalera, del bloque de pisos donde yo vivía de pequeño. Los dos, completamente desnudos y apretando fuertemente nuestros cuerpos, el uno contra el otro, como si no fuera a existir un mañana, yo no tendría más de siete años, y aquel momento jamás sería borrado de mi mente, ella me dijo que quería ser mi novia, pero que no le diera besos en la boca porque no quería quedarse embarazada. Aquel sería mi primer contacto con el sexo, y no sería el único, fue tan profunda la sensación vivida aquel día, que no tardaría mucho más en seguir probando nuevas sensaciones con todas aquellas pequeñas amigas con las que jugaba a ser médico.

También me vienen a la mente diferentes momentos, en los que yo creaba mi propio campamento bajo la mesa del comedor, aprovechando las sillas, unas mantas y algunos cojines para crear mi propio habitáculo, formado por una encrucijada de trincheras y entradas secretas, todo ello para dificultar el acceso a mi mundo, un mundo plagado de fantasía, donde utilizaba todo el material existente en el costurero de mi madre para crear un batallón de soldados con botones y corchetes.

Desde muy temprano comenzó a gustarme la lectura, la visita a la biblioteca del colegio, cada tarde era obligatoria, cada libro que leía era como vivir una nueva vida llena de aventuras, Julio Verne, Emilio Salgari, Robert Louis Stevenson… había tanto por leer y tantas vidas por vivir. Una vez, con el poco dinero que pude ahorrar durante un largo periodo de tiempo, compré un grueso libro de historia y prácticamente me lo aprendí de memoria.

Recuerdo dos acontecimientos que alteraron ese ambiente bucólico y sereno de mi hogar, el primero fue la muerte de un tal Francisco Franco, no comprendía como mi padre cantaba, reía y brindaba con cava celebrando la muerte de una persona, incluso a mí me hizo tomar mi primer trago de alcohol, luego de mayor comprendí porqué tan importante celebración. El segundo acontecimiento, fue el asalto de Tejero al Congreso de los Diputados, pero esta vez no se respiraba alegría y felicidad en el seno del hogar, recuerdo pasar toda una noche viendo películas en un pequeño televisor que había en mi habitación.

Pienso que la tranquilidad y seguridad que disfruté en mi infancia, contribuyó a la formación de mi carácter. Hoy, después de una nueva experiencia valoro todo el afecto que me rodea. Fue una de las épocas más felices de mi vida, la recuerdo con mucho cariño, y cuando pienso en ella, la nostalgia de hermosos momentos dibujan una sonrisa en mi rostro. Estuvo llena de tardes eternas de juegos, de olores procedentes de la cocina donde mi madre elaboraba suculentas maravillas gastronómicas, del olor a churros que cada domingo por la mañana traía mi padre cuando aún seguíamos en la cama, del ¿cómo están ustedes…? de los payasos de la tele que ponían los sábados por la tarde, del pinball o máquina del millón que había justo en el bar de enfrente de casa, bar que cada tarde se convertía en un pequeño cine donde proyectaban alguna película, recuerdo tantos y tantos añorados momentos.

Fue una niñez llena de muchas risas, carcajadas y gritos, años de juegos eternos y complicidad entre buenos amigos que terminaba en algunas travesuras. Tiempo de chuches a deshoras y desveladas porque el amigo que paraba al escondite nos encontraba en algún rincón de la calle jugando a otro juego diferente, cuando la luna ya estaba presente. Años llenos de besos y abrazos de mi abuela, la cual nos reunía muchas tardes a mí y a mis primos para contarnos historias llenas de suspense y cariño y los veranos de playa con mis padres saltando entre las olas, momentos en los que la sola presencia de mi padre podían iluminar el día y las vacaciones ilimitadas en las que él nos regalaba todo su tiempo.

También recuerdo mi adolescencia, una etapa de mi vida en la que tuve que enfrentarme a una infinidad de cambios que me desbordarían, donde no sabría cómo afrontar alguno de los problemillas que me iban a surgir en ese momento. La mayoría de veces me sentía incomprendido, como si nadie me entendiera, tal y como le ocurría al pobre pollito Calimero. Una época en la que le daba mucha importancia a lo que opinaban los demás y en la que constantemente me sentía profundamente presionado por la sociedad. Mi vida era una continua reivindicación de todo, donde mi protagonismo era de gran relevancia para tomar la mayor parte de las decisiones, disfrutaba de la vida pero al mismo tiempo me sentía bastante agobiado.

Los veranos de mi adolescencia sonaban a Spaguetti Dance mezclado con Heavy Metal, todo ello dentro de una coctelera y mezclado a su vez con cerveza y hachís. Una época en la cual, la música se convertiría en lo más importante de mi vida, y en la que aprendí a tocar varios instrumentos, como la guitarra, el teclado, la flauta y en los momentos más íntimos hasta la zambomba. Momentos en los que te aferras a una banda sonora concreta, a un hilo musical en el que refugiarte o a una canción que gritas en tu habitación y que escuchaste en tu primera borrachera.

Son los años en los que no te soportas ni a ti mismo. En los que absolutamente todo a tu alrededor parece estar en contra de ti, contra lo que quieres ser, contra lo que te apetece hacer. Esos primeros momentos de consciencia colectiva que se terminan convirtiendo en vergonzosos recuerdos de los que tomar buena nota o en material para la mochila de lo que te gusta repasar con el paso del tiempo.

Puedo recordar el momento exacto en el que dejé atrás mi infancia, tengo grabado en mi memoria ese instante primero en el que dejé de ser niño para adentrarme en ese nuevo sendero que me conduciría inevitablemente a la edad adulta.

En esta, a veces, maldita adolescencia, vives momentos de gran dolor y sufrimiento o de sorprendentes descubrimientos sobre la vida adulta, ya implantada en nosotros mismos. Ejemplo de ello, la pérdida del primer amor, el cual, iluso de mí, yo pensaba que iba a ser para siempre. Momento desgarrador en el que parece que te han robado parte de ti mismo y en el que crees firmemente que ya ha acabado todo y que no hay nada más por lo que seguir luchando, hasta llegar a ese punto en que lo más lógico en esos dolorosos momentos es buscar un punto lo suficientemente alto para lanzarte al vacío. A mí me llegó ese triste momento, no de tirarme al vacío, sino de sufrir ese momento de ruptura con mi primer amor. Esto ocurrió justo después de acabar el servicio militar, obligatorio en aquellos días y en los cuales decidí alistarme a la brigada de alta montaña, ya que puestos a ir obligados, mejor ir a un destino agradable, y la montaña ya me atraía desde niño, hacer excursiones, saltar entre las piedras y buscar ranas en las charcas, pero desafortunadamente aquello hacia lo que yo me dirigía no era lo mismo. Como iba diciendo, me pasó lo que a muchas parejas de enamorados les suele ocurrir bajo estas circunstancias, ya que al crearse una considerable distancia entre los dos, debido al obligatorio compromiso del servicio militar, por muy fuerte que sea el amor, más lo son las feromonas, las cuales hacen que la sangre hierva como si estuviera dentro de un caldero junto a las brasas, por lo tanto, mientras yo vagaba por las montañas imaginando una guerra estúpida y sin sentido y soportando los insultos y agravios de sargentos, tenientes y demás fantoches, ella fornicaba con placer y alevosía con alguno de mis antiguos amigos.

Qué más puedo explicar de esta etapa tan convulsiva repleta de cambios físicos y psicológicos, donde las emociones surgen como los cohetes en un castillo de fuegos artificiales. Una etapa donde cambié los peluches por el sexo y en la que siempre estaba cansado y no paraba de comer, donde dejé de idealizar a mis padres convirtiéndolos en seres inferiores a mí, porque mis amigos pasaron a ser lo más importante de mi vida, esos padres que pasaron a ser demasiado reales y humanos, con sus defectos y limitaciones, pero que una vez pasada esta fase de locura, volverían a ser lo más importante para mí.

Y una vez pasada la adolescencia, el mundo deja de dar vueltas a tu alrededor para ser tú mismo el que da las vueltas a este mundo, te das cuenta de que eres insignificante en tan enorme universo y que la exploración en él es ilimitada por falta de tiempo y porque la búsqueda de la estabilidad al mismo tiempo te desestabiliza, por trabajo, estudios y familia. Dejas de pensar en ti mismo y buscas donde está tu posición en tan enorme engranaje, y ya no piensas que puede hacer el conjunto por ti, sino que puedes hacer tú por el conjunto, y te das cuenta de cuánto podías haber hecho y no hiciste. Abres los ojos y comienzas a ver injusticias y barbaridades en esta infame humanidad e intentas luchar en todas las causas posibles, causas perdidas e inútiles porque el ser humano es básico, egoísta e imperfecto.

Y casi sin darnos cuenta llegamos a la madurez, hay quien ve la adolescencia y la primera juventud como una especie de alegre disparate, ahí donde las locuras están justificadas, ahí donde no falta quien con un largo suspiro dice aquello de “no pasa nada, ya madurarán, son jóvenes”. Se nos olvida, que el simple hecho de llegar a la edad adulta no nos otorga el carnet de las verdades absolutas, de esa madurez que todo lo sabe y que todo lo acierta, ahí donde uno queda inmune a los errores, donde se resisten las frustraciones y uno se convierte en todo un gurú de las relaciones sociales. La madurez no es una etapa de la vida, más bien es una capacidad admirable que te permite, primero, aceptarte como eres y, segundo, llegar a ser mejor de lo que eres.

Y aquí me hallo, envejeciendo y esperando la muerte, y con una gran necesidad de escribir y contar todo lo que pienso, de dejar grabados todos mis pensamientos, para que no se desvanezcan en la nada y sirvan para alguna cosa, para hacer pensar a quien los lea. No importa lo mucho que a mí me guste escribir siempre hay días en que no encuentro la motivación o inspiración necesaria para hacerlo, no es tarea fácil, pero intento optimizar el tiempo que tengo. Necesito compartir muchas historias, tantas que no sé si un solo libro me dará para todas ellas, pero intentaré hacer todo lo que esté en mi mano, utilizando tanto la prosa como el verso.