El viaje

¿Quién no ha subido a un autobús, metro o tren, y desde su cómodo asiento ha empezado a escanear a alguno de los pasajeros? Lo miramos pensando quien puede ser y qué papel desempeñará en esta vida, analizando por completo su persona y creando en nuestra mente una gran historia sobre este, el cual para nosotros ya se convierte en el primer actor de la película. Una gran película que comienza en el importante cine de nuestra mente. Incluso nosotros podemos también formar parte de este curioso filme.

Aquella gran mujer vivía en un pueblecito perdido en el Pirineo, cada mañana se levantaba con los primeros cantos del gallo, se colocaba por encima su roída bata de franela, adornada ya por una multitud de agujeritos desiguales debido al gran apetito de las polillas y se dirigía hacia la chimenea para calentarme un tazón de leche. Yo, jamás osaba levantarme antes que ella. Esperaba plácidamente en el viejo y mullido jergón hasta que ella venía muy sigilosamente hacia mí con el tazón en la mano, se arrodillaba y me daba un tierno beso en la frente.

Esa mañana debería de darme prisa en salir de casa y adentrarme en el bosque para cortar toda la leña que pudiera, ya que el maldito invierno ya nos estaba acechando. Una vez en el bosque, perdido entre musgo y follaje, pude observar por un instante una sombra que me seguía, una figura negra y acechadora que me era imposible de vislumbrar. El miedo se apoderó de mí y comencé a correr tanto como mis piernas me permitían hacerlo, hasta que bruscamente tropecé con una rama que sobresalía de la espesa y húmeda hojarasca y caí como un chiquillo indefenso. Ya tumbado en el frío y mojado piso vegetal vi ante mí un viejo y mohoso cartel de metal que yacía en el suelo y en el cual ponía, próxima parada “Plaza del Bosque”… ¡Mierda! Ya me he pasado de parada.

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