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Cuaderno de Bitácora

Última primavera

Revolución silenciosa

    De repente, todo el mundo miró hacia arriba. Un gran estruendo desquebrajaba el hermoso cielo azul de primavera al tiempo que yo caía al suelo perdiendo el conocimiento. Cuando desperté, todo estaba sumido en un terrible silencio y una tranquilidad amenazadora. Tanta quietud hizo que me sintiera imbuido en una especie de fosa abisal. La calma que flotaba en el ambiente me resultaba ensordecedora y la presión del silencio hizo que me dolieran los oídos. Aún no sabía cuántas horas o días estuve inconsciente tras la fuerte sacudida, y no lo sabría jamás. El recuento del paso del tiempo fue suspendido en el mismo momento que aquello arrasó la superficie del pueblo. Todo parecía haberse parado. Por momentos llegué a sentir como si el tiempo se hubiera puesto en marcha de nuevo, pero hubiera dejado de ser lineal y a su antojo discurriera ahora en cualquier dirección. Creando bucles y arabescas mientras flotaba en el éter de la nada que la destrucción había dejado en aquel pequeño pueblo.

    Fuese donde fuese únicamente veía cadáveres. No sabía bien qué les había tratado de aniquilar, o qué los había aniquilado, para ser más concretos, pero lo que quiera que fuese había abrasado la piel y el cabello de quienes había encontrado a su paso, dejándolos irreconocibles. Probablemente, muchas de las personas que observaba ahora habían sido conocidos o amigos míos. Aquellos cuerpos eran de color rojo oscuro y sus mandíbulas estaban desencajadas en un último grito de horror que no habría llegado a ningún sitio, pero lo más grotesco de todo era su postura rígida, como si hubieran abandonado la vida durante un gesto brusco de suplicio.

    Había muchísimo viento, y en él había impregnado un terrible olor a muerte. Tuve que taparme el rostro casi completamente con un pañuelo, el fuerte viento se me introducía en los ojos y en la boca constantemente, dándome la sensación de ingerir muerte a cada paso que daba. En pequeños flashes de mi mente me veía a mí mismo también descarnado, ensangrentado, avanzando en aquel camposanto en el que se había convertido el pueblo. Buscaba ayuda impaciente, tratando de localizar a cualquier persona con vida en medio de la marea de cuerpos sin vida.

    Durante largo rato avancé hasta que me convencí a mí mismo de que yo debía de ser el único superviviente en el pueblo. Caí de rodillas derrotado ante tal certeza. Quizá bajo tierra, en refugios, habría más gente escondida, pero yo no sabía dónde podrían estar. Seguramente cualquier atisbo de vida había sido exterminado, lo único que se oía, era el aullido inquietante del viento, similar a un alarido de dolor. Un viento reseco, que teñía el cielo de gris y que atormentaba mis oídos y no me permitía oír nada, solo un rugido atroz que lo invadía todo.

    Nada me daba pista alguna de lo que había sucedido, ni de por qué había tanto viento. Tampoco, el que sería de mí ante aquella soledad inmensa y devastadora. Si no encontraba a alguien tarde o temprano la escasa cordura que me quedaba terminaría por desaparecer, por volatilizarse. A veces creía escuchar palabras o voces humanas en el aire, o movimiento en los cadáveres que encontraba a mi paso. Iba corriendo esperanzado, pero todo era fruto de mi anhelo, que me jugaba malas pasadas cada vez con mayor frecuencia…