Amanecer negro

Los sueños se hicieron pesadillas conforme pasaron los días, la luz que iluminó sus días se tornó oscuridad para siempre, incapaz de encontrar la salida de aquel infierno que acabó quemando todas las ilusiones y donde cualquier proyecto de futuro ardió en llamas de odio y tortura.

Amanecía en aquel callejón solitario, donde tantas veces ella había visto pasar la vida ante sus ojos. Un lugar donde los dulces besos se convirtieron en besos robados, donde la alegría de un esperado futuro lleno de amor y caricias acabó forjando fríos barrotes de acero, donde el inicio de una duradera libertad se transformó en prisión continua y donde solo quedaron, dolor, rabia y noches amargas de un silencio obligado.

Amanecía un día más y ella abría sus ojos bajo los primeros rayos de sol que tímidamente acariciaban su rostro, sintiendo un agradable calor que no sentía desde hacía ya mucho tiempo, desde que el amor abandonó su vida por completo, restituyéndolo por el hielo del rencor y los celos. Un espantoso frío recorría todo su cuerpo, una helada sensación que penetraba en sus huesos y que no la dejaba moverse, incapaz de levantarse pero con un reconfortante sentimiento de alivio y paz. Su gran inquietud en aquellos momentos, era la de no poder coger y abrazar a su pequeña hija, la cual seguía llorando desesperadamente en su cuna y a la que podía oír desde aquel frío suelo del solitario callejón que tantas veces había observado desde su ventana, de la cual momentos antes, se había precipitado al vacío, escapando de aquel hombre al que ya no reconocía.

Recordó aquel día de verano en la playa, donde una amiga le presentó a ese hombre que luego sería su compañero inseparable a la fuerza. Parecía tímido, con una dulce mirada que lo iluminaba todo y una sonrisa impregnada de amabilidad y cortesía. Recordaba los innumerables ramos de rosas, uno cada año y en la misma fecha en la que ellos se habían conocido, y en el que él añadía una rosa más por cada año que llevaban juntos. Hasta que un buen día, desaparecieron el amor, la amabilidad y las sonrisas, y las rosas se desvanecieron y fueron sustituidas por  insultos y golpes.

A ella, por un momento, le invadió un gran sentido de culpabilidad, pensó que quizá ella había forzado aquella situación y que tal vez, debería de haberle dado una última oportunidad. Porque en el fondo, él no era mala persona, siempre fue bueno con ella, simplemente estaba pasando por un mal momento, puede ser que el alcohol y la droga lo hubieran cambiado un poco, pero seguía siendo él. Aquel que lloró cuando tuvo a su hija en brazos por primera vez, que la abrazaba en las frías noches de invierno, que trabajaba de sol a sol para que a ella y a su hija no les faltara de nada. Ella, allí tumbada, en el suelo de la calle, sangrando y sin poder moverse, seguía pensando que él era un buen hombre y que por lo tanto no podía juzgarlo, que debería de haber tenido más paciencia con él, que debería de haberle concedido un poco más de espacio en su vida, que no debería de haberle atosigado tanto. Ella, creía firmemente que se había equivocado, que debería de haber reflexionado un poco más, antes de decirle que se marchara y que se olvidara de ella y de su hija. Tantas agresiones no podían ser malintencionadas, la tensión y el nerviosismo le hacían volverse loco sin pensar en las consecuencias. Ella se arrepentía en aquellos probables últimos momentos de su vida. Pensaba firmemente en que no debería de haber dicho a su marido que se marchara de casa y que las dejara tranquilas a ella y a su hija, porque quizá todo podría haber cambiado intentando razonar con él, quizá podrían haber comenzado de nuevo. Pensaba que debería de haberle dado otra oportunidad, solo una más. Porque ahora todo desaparecería en un instante para ella, marcharía de aquella vida feliz que pudo haber tenido junto a él y su hija, convirtiendo tristeza y miedo en felicidad.

Ella comenzaba a desvanecerse junto a sus sentimientos de culpabilidad. Ahora el sol era más placentero sobre su cara y ya no sentía ningún dolor. Se oían sirenas, era una ambulancia que llegaba demasiado tarde, como cualquier ayuda que podría haber llegado antes de aquel fatídico día y jamás llegó por parte de nadie. Una vez más, todo llegaba demasiado tarde. Aquel amanecer acabó con el sufrimiento de una víctima más. Aquel amanecer volvió a ser uno más, lleno de silencio, de amargura y sin esperanza, porque él, porque todos ellos seguían allí, en los amaneceres de cada día. El sufrimiento, el dolor y el miedo seguían impregnando a cada mujer, madre, hermana, amiga… bajo el yugo de la crueldad de la bestia, del macho, del hombre.