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Cuaderno de Bitácora

Amor muerto

Revolución silenciosa

    Cuando lo conocí, desbordaba verano en su piel a la sombra de la brisa. Lo vi por primera vez tumbado sobre la arena de la playa y con la mirada perdida en el azul boreal del infinito. Ahora, duermo como una frágil mariposa de papel después de haber revoloteado entre el deseo de un instante fugaz y deshago con mis menudos dedos los recuerdos de un suspiro celestial que me desterró de aquel lugar lejano dónde el sol tenía su morada. Allí donde la arena amenazaba con envolverme en una comodidad húmeda, haciendo mi respiración más profunda y pausada.

    Descendí de la nube que me envolvía para poder observarlo nuevamente, llenando mis espacios vacíos con el poco valor que aún me quedaba, para osar embestir con mi alma adormecida, el aura de su desaliñada presencia. Miré mis pies desnudos como se zambullían entre el barro producido por su arena y mi espuma de agua entre tormentas de engaño. Allí donde muere el miedo y nace la valentía, entre duras dudas como piedras, donde la vista se nubla por el polvo hasta perder la admiración por su figura.

    Ya es tarde, logré huir abducida por el rayo de sol que se introducía sin permiso por el resquicio de la puerta, atravesando la hendidura de mis sentidos y devolviéndome de una patada a una mañana sin alma. Pero su imagen todavía me absorbe, al igual que la oscuridad absorbe la luz del atardecer y como el calor a la brisa en mitad del desierto. Extraños sentimientos que resbalan como el agua entre las manos, huyendo hasta dejar mi alma hueca y desvalijada. Como la confianza se pierde en el laberinto de las dudas y la locura, produciendo una maldita ceguera entre un desquicio de cordura.

    A menudo pienso en sus mentiras. Me siento frente a un espejo y espero a que mi otro yo me salude, pero no lo hace. Siempre me dijo que no me preocupara, que saliera a la calle a buscar la solución a mi problema, que siguiera cualquier sombra, hasta la de una mariposa, pero no hallo respuesta, ni de mí, ni de las sombras. Sin embargo, ya no sé si seguirle queriendo, si amarle en la distancia, me he cansado de recolectar pequeños recuerdos perdidos por los cajones, de saltar entre las piedras que me encuentro en el camino, de meter los pies en el río que cruza la habitación en mis sueños nocturnos. Lo cierto es que en esta triste madrugada, estoy sola, otra vez sola, sin sus canciones, sin el olor de sus cigarrillos, sin sus palabras, sin nada. Me siento engañada por los espacios en blanco entre cada línea de sus cartas. No es justo perder la belleza de los versos con tinta seca y hojas recicladas. Recicladas como tantas cosas. Como aquel rompecabezas que jamás volveré a montar porque ya no tiene esquinas. Como el viejo calendario que aún sigue marcando un abril perdido plagado de cuentos para niños y con una colección de cartas no acabadas, escritas por una lejana viajera del tiempo, con un gran vacío de horas repetidas en un amargo silencio sin sentido. Únicamente me quejo de los personajes que se hacen y rehacen como yo no puedo, porque cada vez estoy más perdida y me duele más el corazón que no se cansa de recordarme que es mejor dar un paso atrás antes de perderlo todo. Me cansa su imagen y me cansan las mentiras de ese mundo que se niega a salir de mi cabeza, que mis pies buscan y mis ojos no encuentran. Porque no ser amada y ser solo yo, viviendo frente a un escaparate sin sentido, me convierte en un ser sin reflejo. Y por más que me fije, en el espejo no me encuentro, porque únicamente le veo a él dentro, sonriendo como si fueran obvias mis palabras, como si el cigarrillo no se le fuera a acabar. ¡Que huya de mi vida! Pues este no es su espejo y tampoco su habitación, esta vida ya no le pertenece, que me deje de una vez por todas, tranquila y sola.

    Hoy, cansada de él y de arrastrarme por esta vida sin sentido, por esta cotidianidad de vacío y harta de dejarme llevar por esta sociedad inexistente de valores, me siento a descansar y reflexionar sobre la vana utilidad de mi existencia; no sé si para armarme de valor y poder cambiar el rumbo de mi alma o simplemente para dar fin a todo este vasto sueño.

    Un diminuto pajarillo apoyado en el marco de la ventana observa mi sosegada situación mirando de un lado a otro. Como si no quisiera que yo percibiera su detenimiento y observación hacia mi persona. Hace un día triste y oscuro, acompañado por un suave viento que hace mecer las ramas, las cuales puedo vislumbrar desde el sillón del salón donde me encuentro postrada. Un día gris acompañado por el chapoteo húmedo e incesante del agua, un día idóneo para explorar mi pasado y renovar mi espíritu, cansada de correr por esta vida para llegar a tiempo a ningún sitio. Cansada de escapar, fugitiva errante de una sombra, he reunido los trozos de humanidad que aún conservo para afrontar dignamente el temido momento de la muerte. Aquí sentada en el silencio, he abierto los brazos ante el miedo y la cólera que me corroe por dentro. Ha despertado en mí ese deseo de agarrarme a las drogas cotidianas, la lectura, la bebida, el tabaco y el sexo, drogas que reprimen la posibilidad de adentrarme en mi sufrimiento. He anulado en mi persona toda expresión de belleza y exaltación de sentimientos, los paseos por la playa y la impregnación de poesía que exterioriza mi espíritu. Antes de empezar a sumergirme en este mundo de soledad, lleno de sombras y recuerdos, antes de tirarme de cabeza a esta piscina de remordimientos y estallar en un éxtasis de siluetas incomprensibles debidas a la ingestión de equívocos momentos, he decidido huir de él y ofrecerle mi mano a la muerte.

    Ella comenzó a desvanecerse entre sus pensamientos. Ahora, aquel lejano y placentero sol de la playa ya comenzaba a desaparecer de sus recuerdos y dejó de sentir dolor. Aquel pajarillo se posó sobre sus lágrimas mientras una fuerte patada derribaba la puerta de entrada de su casa. Aquel amanecer acabó con su sufrimiento, y volvió a ser uno más, lleno de silencio, de amargura y vacío de esperanza. Porque él, y porque todos ellos seguían allí, sobre la arena de la playa y con la mirada perdida en el azul boreal del infinito, esperando la llegada de otro ángel, al cual, poder destruir sus alas.